4 de febrero de 2018

La Onda Septimus: de la expectación a la decepción

En 2013 publicamos nuestra reseña de La Onda Septimus, la esperada continuación de La Marca Amarilla, uno de los clásicos del cómic europeo, escrita por Jean Dufaux y dibujada por Antoine Aubin & Étienne Schréder. Cuatro años después, tras varias relecturas, conviene completar lo afirmado entonces; el resultado es una reseña revisada y más calibrada, que podéis leer a continuación.



La Onda Septimus es, desde sus orígenes, un álbum atípico de la serie. Empezó como un proyecto presentado por el guionista Jean Dufaux y el dibujante Philippe Wurm para continuar nada menos que La Marca Amarilla, el álbum más conocido de Blake y Mortimer, escrito y dibujado por Edgar P. Jacobs y publicado por primera vez en los años 50. Dargaud lo aceptó, pero, en vez de Wurm, eligió a Antoine Aubin (falto de guionista tras la retirada de Van Hamme de la serie) para que se encargase de ilustrar el guion de Dufaux. Sin embargo, Aubin no pudo mantener el ritmo exigido por los editores, por lo que éstos recurrieron a Étienne Schréder para que, entintando algunas planchas e incluso dibujando otras, ayudase a Aubin a ceñirse al calendario.


Y, aunque ese ha sido probablemente el aspecto más criticado del álbum, conviene abordar antes otro que también deja mucho que desear: el guion. Tratándose de un autor como Jean Dufaux, de una serie como Blake y Mortimer y de la continuación de una obra como La Marca Amarilla, cabría esperar una trama ágil, completa e innovadora dentro de los cánones de la serie; en otras palabras, un guion a la altura de las expectativas. Pero el resultado es prácticamente el opuesto, con varias líneas argumentativas sin resolver que distraen al lector (¿se tratarán tal vez en la segunda parte de la historia?), y con una historia poco desarrollada, en ocasiones inconexa y, sobre todo, que no engancha más que en las (por otra parte excelentes) primeras planchas. El álbum resulta muy prometedor al principio, pero la historia tarda en arrancar y, cuando lo hace, da pie a secuencias que, en vez de ser originales e interesantes, simplemente deforman y caricaturizan algunos de los éxitos más memorables de álbumes anteriores.


No obstante, el mayor punto débil del álbum, como ya han señalado los autores de otras reseñas, es el dibujo. Hasta la plancha 36, con la excepción de las planchas 15 y 35 y de algunos decorados, e incluyendo las planchas 48 y 49, todo el proceso de ilustración (desde los primeros esbozos hasta el entintado) corrió a cargo de Aubin. El artista, que ya había dado amplias muestras de su talento en el segundo tomo de La Maldición de los Treinta Denarios, alcanza un trazo excepcional, completamente alineado con el de Jacobs y especialmente notable en planchas como la cuarta, la quinta, la sexta, la novena o la vigésimoséptima. Pero a partir de ahí, con la intervención de Schréder, el trazo se deteriora gradualmente, con caras mal dibujadas y decorados cada vez menos acabados.


Hay que señalar que el culpable de este deterioro no es tanto Schréder, que ha conseguido resultados muy buenos tanto en el mencionado segundo tomo de La Maldición de los Treinta Denarios como en El Báculo de Plutarco, sino las presiones del calendario, que forzaban a acabar las planchas mucho antes de lo que habría sido recomendable para un mínimo de calidad. Y estas presiones, a medida que avanza el álbum, no dejan de aumentar; tanto, que las últimas cuatro planchas no fueron ni siquiera esbozadas por Aubin, sino que fueron dibujadas por Schréder con cierta ayuda de José Luis Munuera. El trazo en estas planchas, aunque algunos aplaudan su originalidad, rompe completamente con el estilo de Aubin y no alcanza ni remotamente el grado de acabado y elaboración característicos de la serie creada por Edgar P. Jacobs.


Es por todo esto, por un guion muy mejorable, por un dibujo que decae considerablemente a medida que avanza la historia, que La Onda Septimus es una clara decepción. Lo que empieza como una entrega excepcional, que podría haber sido una continuación y un homenaje de primera a la obra más reconocida de Jacobs, La Marca Amarilla, acaba siendo un intento fallido, prometedor al principio, pero desilusionante al final.


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